La conquista de un tejado digno: el milagro educativo de Sardina (1960-1985) (Capítulo IV)

La historia de la educación en Sardina del Norte no se construyó en los despachos, sino en el barro, en las aulas prestadas y, sobre todo, en la inquebrantable voluntad de una comunidad que se negó a aceptar la precariedad como destino para sus hijos.

Lo que hoy conocemos como un entorno educativo consolidado, fue durante décadas una auténtica carrera de obstáculos y un testimonio de superación vecinal.

La paradoja de la “Agrupación Mixta”

El punto de partida de esta etapa nos lleva a 1958, una época de posguerra y dificultades económicas extremas en la que estudiar era un auténtico lujo; a los 10 o 11 años, muchos niños se veían obligados a abandonar la escuela para trabajar. En ese contexto se aprobó administrativamente la creación de la Agrupación Escolar Mixta.

Sin embargo, el término “mixta” se quedó solo en el papel. La realidad física impuso una estricta separación: las niñas recibían clases en el barrio de Negrín, a la entrada del pueblo, mientras que los niños lo hacían ladera abajo, en el Lomo de la Ermita. A pesar de esta división, la escuela funcionaba como el verdadero corazón de Sardina, uniendo a un alumnado geográficamente disperso que acudía a pie desde el Lomo del Clavo, Las Maioreras, El Sobradillo, la zona de la playa o la carretera del Faro.

Aulas en salones particulares y la crisis de los tres turnos

Con la llegada de los años 70, el crecimiento demográfico desbordó las pocas infraestructuras existentes. En 1969 se construyeron nuevas aulas, pero resultaron insuficientes casi de inmediato. Para 1972, la escasez de espacio era tan alarmante que el sexto curso tuvo que impartirse en salones de viviendas particulares cedidos altruistamente por los propios vecinos.

La situación llegó a tal límite que se tuvo que diseñar una logística extenuante: tres turnos de clases diarios (mañana, tarde, y un tercer grupo con horario extendido de mañana y tarde) para poder encajar a todos los niños en los escasos espacios disponibles. Aunque el 16 de junio de 1975 una orden ministerial otorgó a Sardina su ansiada independencia administrativa respecto al Colegio de San Isidro, el problema de los techos seguía sin resolverse.

El colapso definitivo llegó a principios de 1979. El estado de un aula construida por el Ayuntamiento era tan lamentable y peligroso —con riesgo real de derrumbe— que las autoridades ordenaron su clausura inmediata, obligando a trasladar de emergencia a los alumnos al propio comedor escolar. Sardina no podía esperar más.

El triunfo definitivo: 16 400 metros de dignidad

La presión comunitaria y la persistencia vecinal dieron sus frutos ese mismo año de 1979, cuando el Ayuntamiento cedió finalmente al Ministerio un gigantesco solar de 16 400 metros cuadrados en la calle Hernán Cortés.

Tras años de obras y una enorme paciencia por parte de las familias, en el curso 1985-1986 se inauguró el nuevo y flamante colegio de 16 unidades.

Atrás quedaron para siempre las goteras, el hacinamiento, los tres turnos y el deambular por salones privados.

Los niños de Sardina tenían, por fin, un centro unificado, moderno y seguro.

El legado inolvidable de los docentes

Este milagro de cemento y ladrillo nunca habría sido posible sin el factor humano. Al frente de esta batalla estuvo la figura de Don Jacinto Delgado Medina, el director que lideró y canalizó la ardua lucha comunitaria por el nuevo edificio.

Su empeño fue el faro en los momentos más oscuros de la crisis de infraestructura. Junto a él, una cadena ininterrumpida de directores y un heroico cuerpo docente blindaron la enseñanza en el barrio:

  • Jacinto Delgado Medina
  • Nicolás Ramírez Herrera
  • María Pino Mendoza Tacoronte
  • Araceli Rodríguez Cabrera
  • Antonio Guillén Herrera
  • Nicolás Rodríguez Molina
  • Tomás Ruiz Chica
  • Rosario Cabrera Tacoronte
  • José Antonio. Vega Navarro
  • Rita Cabrera Cruz
  • Olegario González Ramos
  • Marina Ruiz García